martes, 3 de marzo de 2015

Relato corto por el arte.

Camino lentamente por las calles bajo la noche estrellada a donde sea que mis pasos me lleven. El silencio se ha adueñado de la ciudad y mis zapatos golpean los adoquines creando un bello y solitario compás. Voy sin rumbo por una desierta acera, en la que sólo las miradas fugaces de los gatos me acompañan. Hace ocho meses que busco respuestas, algo que me llene y me haga sentir vivo, como solía hacer ella antes de que decidiera alejarse de mí. Esta noche estrellada he decidido salir a dejarme llevar, salir a encontrar mi lugar y a encontrarme a mí mismo.
Hace ocho meses que vivo en Florencia, cuatro meses en los que apenas he salido de casa; tan sólo a trabajar, unas dos manzanas a la derecha. No conozco esta gran ciudad y mi pésimo sentido de la orientación no me consuela, pero esta noche no me importa nada a la vez que me importa todo. Mi reloj marca las 5:12 a.m. y hace 23 horas que no duermo por culpa de las dichosas pastillas naranjas que no consiguen devolverme la sonrisa. Hoy es 3 de mayo y me siento realmente fusilado.
Me paro para contemplar por primera vez en estos ocho meses el río Arno y el sonido del agua me relaja. Pero pienso en ella, en sus cabellos dorados y su suave blanca piel. Maldita la persistencia de la memoria que no me permite olvidar su rosada boca, que no me permite olvidar el beso que me dio por última vez. Era una tarde de domingo cuando ella me dijo adiós, y desde entonces no he encontrado nada que me volviera a hacer sentir.
El sueño me vence y al cabo de unos minutos me encuentro dormido en el suelo; no puedo saber cuántas horas dormí porque desperté sin mi reloj, sin su reloj. Quizás sea una señal, quizás sea lo correcto deshacerme de su último recuerdo, quizás el ladrón descubra que tan sólo era plástico barato y lo tire a la basura como yo no he sido capaz.
La primavera me recibe radiante esta mañana y compruebo que las calles se han llenado de vida. Me encuentro perdido y solo entre una enorme cantidad de gente, y me percato de que mi expedición nocturna había sido completamente en vano. Miro los nenúfares de este claro río y deseo ser uno de ellos; no sentir un vacío en el pecho ni una daga en el corazón, sino dejarme llevar por la corriente y balancearme en el caudal.
Ahora mi misión es volver a casa, pero nunca me ha gustado preguntar  indicaciones, básicamente porque nunca las entiendo. Entonces camino aleatoriamente hasta verme sorprendido por un gran edificio a orillas del río. Automáticamente me siento atraído a entrar, y sin más, lo hago.
Lo que encuentro allí dentro me deja maravillado. Hay muchas de ellas, todas hermosas, pero entre tantas mi mirada se pierde en una sola. Sus largos cabellos dorados y su pálida piel me recuerdan a ella. Su parda mirada me transmite paz, me hace confiar en ella. Cada facción de su rostro es más perfecta que la anterior; su nariz, su boca, todo es tan armonioso en ella. Me encuentro perdido en su cuerpo, en sus curvas, sus manos… No necesito tocarla para sentir su piel tan suave como la seda. Mientras la contemplo me siento inferior, siento que no soy digno de dejar de mirarla. Me da la sensación de que me devuelve la mirada, y aunque sé que no es cierto no me importa, porque con el simple hecho de su existencia ya me siento correspondido. Lo que siento por ella no es sino admiración. Por unos minutos había dejado de pensar en mi pasado, y en mi corazón se escuchó un grito como los que ya añoraba; sentí la desintegración de la persistencia de la memoria que tanto daño me hacía.

                                                          

Han pasado tres días y no he dejado de pensar en lo que vi en ese edificio. Me fascinó, me hizo sentir vivo de nuevo. Tumbado en el suelo de mi habitación roja reflexiono y recreo aquel blanco rostro en mi mente; me siento como un loco en su nave por este sentimiento que ha despertado en mí. Han pasado tres días y soy más amable con el mundo, he paseado por las calles otra vez, he llamado a mis amigos y me he reconciliado con la vida; todo por una mirada. Entonces decido volver a verla.
Ya no me pierdo en el camino, ya no me siento un extraño paseando por la ciudad. En pocos minutos llego al río y allí encuentro aquel edificio que tanto me había fascinado. La galería me recibe con una larga cola de turistas, para mi desgracia, aunque tan sólo pensar en su pelo me convence a esperar bajo el intenso sol. Me pongo los auriculares para amenizar el momento y suenan The Beatles. Como no tengo reloj no puedo saber cuánto tiempo espero, pero a mí me da la sensación de que pasan días. Por fin, tras la larga espera puedo pasar; me quito los auriculares y me coloco las gafas para no perder ningún detalle. Sé exactamente dónde encontrarla, y sin ignorar a las demás me dirijo hacia allí.
Volver a verla me produce de nuevo la sensación de paz de la primera vez, en mi rostro se dibuja una sonrisa de Mona Lisa. Entonces comprendo por qué merece la pena vivir. Merece la pena vivir por las cosas bellas de este mundo; por no perderme ni un segundo de sonrisas como esta: por hacer llegar las cosas bellas a los ignorantes, que como yo hace tres días, no son conscientes de ellas. Yo, que jamás imaginé que el ser humano pudiera crear tales obras de arte, que jamás imaginé que con un pincel se pudiera representar tal mirada; me convenzo firmemente de que el mundo debe de luchar por que esto perdure, luchar por la belleza, por la cultura.

                                                          


Así descubrí mi pasión y mis respuestas, dirigí mi vida a la enseñanza artística y no volví a pensar en mi pasado. Y así, una vez al año acudo a la galería a contemplarla y recordar cómo comenzó mi viaje. Me pierdo en sus trazos como hacía entonces, en su cuello de cisne; y leo una vez más la placa: “El nacimiento de Venus. Obra de Botticelli”.

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